Los fuegos artificiales suelen asociarse a celebración, entusiasmo y alegría colectiva. Iluminan el cielo y marcan momentos especiales para muchas familias. Sin embargo, esa misma explosión de colores y sonidos no representa felicidad para todos. Dentro de los hogares y también fuera de ellos hay quienes viven estas noches con miedo y sufrimiento: las mascotas.
Para perros y gatos, la pirotecnia no es un espectáculo, sino una experiencia angustiante que afecta directamente su bienestar físico y emocional. Diversos estudios y especialistas en medicina veterinaria advierten que cerca del 80 % de los animales domésticos presenta altos niveles de estrés y miedo ante los ruidos intensos y repentinos, una realidad que suele ser minimizada por quienes solo ven la celebración desde su propia comodidad.
Un aspecto fundamental que muchas personas pasan por alto es la sensibilidad auditiva de los animales. Perros y gatos poseen una capacidad de audición mucho más desarrollada que la humana, lo que los hace especialmente vulnerables a las detonaciones de la pirotecnia. Lo que para nosotros dura segundos, para ellos se convierte en un dolor prolongado e incomprensible.
Estos estruendos, desconocidos y amenazantes, provocan reacciones evidentes: temblores, jadeo excesivo, salivación, taquicardia, vocalizaciones intensas, intentos desesperados de huida y conductas de ocultamiento. No pocas veces, este miedo termina en extravíos, accidentes o lesiones que podrían haberse evitado.
Es aquí donde la reflexión se vuelve inevitable: ¿hasta cuándo seguiremos siendo indiferentes al sufrimiento de quienes no pueden expresar su dolor con palabras? Los animales no hablan, pero su cuerpo tembloroso, sus aullidos y su ansiedad son una forma clara de comunicación. Ignorarlos es un acto de egoísmo colectivo.
Cambiar esta realidad no es sencillo. Convencer a toda una sociedad de erradicar el uso de la pirotecnia toma tiempo. Sin embargo, el cambio comienza con decisiones individuales: reducir su uso, optar por alternativas menos ruidosas o, al menos, tomar medidas para proteger a los animales durante estas fechas.
Estas fiestas deberían invitarnos a pensar más allá de nuestra propia diversión. Mientras algunos celebran, otros nuestros amigos de cuatro patas se refugian aterrados en un rincón del hogar o vagan sin rumbo en las calles. La verdadera celebración también implica empatía. Porque los animales no hablan, pero sienten. Y su miedo es real.