El Señor de los Milagros, historia de un muro que resistió y un pueblo que creyó

Revista Prende y Apaga
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Lima colonial era una ciudad de ritmos y contrastes: mercados bulliciosos, iglesias majestuosas y barrios humildes donde la vida se entrelazaba con la fe cotidiana. Corría el siglo XVII cuando, en medio de esa ciudad agitada, nació una historia que todavía hoy late en el corazón del pueblo peruano.

Era el 13 de noviembre de 1655, una tarde que parecía común, hasta que la tierra comenzó a rugir. Un terremoto de magnitud devastadora sacudió Lima y Callao, reduciendo templos, casas y vidas a escombros. 

Pero en el corazón del barrio de Pachacamilla, donde afrodescendientes y otros grupos vivían en la pobreza y el olvido, algo extraordinario estaba a punto de ocurrir.

El muro que no cayó

En una pared de adobe, enclavada en esa zona modesta, reposaba una imagen crucificada de Jesús pintada décadas atrás. La tradición popular atribuye la obra a un esclavo angoleño llamado Pedro Dalcón; no obstante, existen versiones que sugieren una autoría colectiva a cargo de un grupo de fieles. Hasta hoy, el origen exacto del mural sigue siendo objeto de debate.

Esa imagen singular sería llamada con el tiempo Cristo de Pachacamilla, Cristo Moreno, Señor de los Temblores o Señor de los Milagros. Pero el instante que marcó su destino fue, precisamente, aquel sismo brutal de 1655. Mientras todo a su alrededor se derrumbaba, el muro con la imagen permaneció en pie, intacto ante la mirada atónita de los vecinos. 

La supervivencia de esa pared, en medio de tanta destrucción, fue interpretada por muchos como un signo divino. En una ciudad que recién empezaba a asimilar las consecuencias del dominio colonial europeo, esa imagen morena de Cristo se convirtió en foco de consuelo y esperanza.

Fe que brota entre ruinas

No pasó mucho tiempo antes de que la devoción comenzara a extenderse por toda Lima. Los fieles, emocionados por el aparente milagro, empezaron a reunirse alrededor del muro. No solo acudían los humildes de Pachacamilla, sino también vecinos de otros barrios que buscaban consuelo tras la tragedia. Las historias de la supervivencia de la imagen se multiplicaban; se atribuía protección ante los terremotos, consuelo ante pérdidas y alivio para los atribulados. 

No obstante, en sus inicios, autoridades eclesiásticas desconfiaron de la veneración popular y hubo intentos por borrar la imagen, incluso con órdenes de eliminación directa. Sin embargo, el fervor del pueblo se impuso y esas órdenes no prosperaron. 

Procesiones que nacen del temblor

Con el paso de los años, la devoción al Señor de los Milagros no solo se consolidó sino que se institucionalizó. Tras otro terremoto en 1687, en el que la ciudad volvió a ser sacudida violentamente, la imagen una vez más quedó intacta, mientras que otras construcciones caían. Esta repetición de hechos extraordinarios fue interpretada como confirmación de una presencia protectora. 

Fue en ese contexto que surgió la primera procesión en octubre de 1687, cuando el lienzo fue sacado en andas por las calles de Lima como acto de agradecimiento y súplica. Con el tiempo, esa caminata devocional se transformó en una tradición multitudinaria. Vestidas de morado, miles de personas acompañan hoy la imagen por las principales vías de la ciudad cada mes de octubre, en uno de los eventos religiosos más emblemáticos de América Latina. 

Una devoción que une al pueblo

Lo que comenzó con un muro que desafió a la naturaleza acabó convirtiéndose en símbolo de fe unido a la identidad del Perú. La imagen del Señor de los Milagros trascendió su origen humilde en Pachacamilla y se transformó en un punto de encuentro espiritual para creyentes de todas las clases sociales, razas y condiciones. 

Millones de fieles visten el morado, un color que evoca sufrimiento y esperanza, penitencia y consuelo. Cada octubre, cuando resuena el himno nazareno en las calles limeñas, no es solo una procesión religiosa; es el reflejo de una historia que se arraigó en el pueblo. 

* * *

La historia del Señor de los Milagros es la de un muro que no cayó cuando todo parecía perdido, y de un pueblo que, entre ruinas, supo encontrar fe y sentido. 

Hoy, su procesión es un testimonio vivo de fe popular que sigue resonando siglos después, recordándonos que, muchas veces, la esperanza se construye no desde los templos más altos, sino desde los rincones más humildes de la historia.

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