La noche del 27 de diciembre, un sismo de magnitud 6,0 sentido hasta en 12 regiones del país sacudió a Chimbote y las localidades vecinas de Áncash y La Libertad, generando pánico, evacuaciones y dejando a decenas de personas heridas.
Fue alrededor de las 21:51 horas cuando la tierra empezó a vibrar de forma intensa en el litoral norte peruano, obligando a miles de habitantes a salir de sus casas en busca de un lugar seguro. Los temblores no terminaron allí: en menos de un día se registraron varias réplicas superiores a los 5,0 grados, lo que mantiene en constante alerta a la población.
Los reportes oficiales señalan que al menos 44 personas resultaron heridas, muchas de las cuales recibieron atención médica tras el primer movimiento principal. Además, se reportaron daños materiales en viviendas, infraestructura educativa y hospitales, como el Hospital La Caleta de Chimbote, donde se observaron desprendimientos en techos y fisuras en muros, obligando a evacuar a pacientes por precaución.
Estos hechos no deben leerse como simples noticias pasajeras, sino como un recordatorio de la vulnerabilidad sísmica que atraviesa nuestro país. Perú está ubicado en el llamado Cinturón de Fuego del Pacífico, una zona donde la actividad tectónica es constante y cualquier momento puede traer un nuevo movimiento telúrico.
Sin embargo, la tragedia no solo radica en la naturaleza impredecible del fenómeno, sino en nuestra impreparación colectiva. Pese a la frecuencia de estos eventos, aún existen grandes lagunas en educación preventiva, infraestructura resistente y protocolos efectivos que permitan mitigar los efectos de un terremoto más fuerte. No se trata de vivir con miedo, sino de vivir con responsabilidad, aprendiendo lecciones y actuando antes de que la tierra vuelva a sacudirnos sin aviso.
La reciente serie de sismos en Chimbote evidencia que cada segundo cuenta y que las consecuencias de no estar preparados pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte. La reflexión que queda es sencilla pero profunda: no basta con lamentar después; debemos invertir en cultura de prevención, fortalecer la seguridad estructural de viviendas y edificios, y fomentar una ciudadanía más informada y consciente.
Perú necesita despertar antes de que la próxima sacudida deje una marca aún más dolorosa. Porque si no aprendemos ahora, la próxima vez podría ser demasiado tarde.