En Perú, la Navidad no llega envuelta en nieve ni en silencio absoluto. Llega con el sonido de los cohetes lejanos, con el aroma del chocolate caliente que hierve desde temprano y con una mesa que, aunque sencilla, se prepara con esmero. El 24 de diciembre, desde la costa hasta la sierra y la selva, el país entero se dispone a esperar algo más que la medianoche. La llegada del Niño Jesús.
Las calles se vacían poco a poco. El comercio apura las últimas ventas, los buses corren llenos y las familias se reencuentran. En cada casa hay un pesebre armado con figuras gastadas por los años, heredadas más que compradas. José y María esperan, como siempre. El Niño aún no está en la cuna.
Una Navidad que se reza
En muchos barrios, la noche comienza en la parroquia. La Misa de Gallo reúne a familias enteras, algunas con niños dormidos en brazos, otras con rostros marcados por el cansancio del año. No importa si se fue mucho o poco a la iglesia durante los meses previos. En Navidad, el Perú vuelve a rezar.
Las campanas anuncian que algo importante ocurre. No es solo una ceremonia. Es un acto de esperanza. En un país golpeado por crisis, inseguridad y desigualdad, la Navidad se convierte en un espacio de consuelo.
Tradición en familia
De regreso a casa, la tradición manda. El chocolate caliente se sirve espeso, acompañado de panetón.
En la sierra, el Niño Jesús se llama Manuelito y se le canta con huaynos y villancicos andinos. En algunos pueblos, los pastores no llegan con ovejas, sino con llamas, panes y frutas. En la selva, la Navidad se mezcla con cantos propios y platos locales, pero el mensaje es el mismo: Dios nace para todos.
La mesa que se comparte
No todas las mesas están llenas. Pero en muchas casas, la Navidad es el único día del año en que nadie se queda afuera. Se invita al vecino, al familiar lejano, al que está solo. En ollas comunes, hospitales y albergues, la cena se multiplica gracias a la solidaridad.
La medianoche
Cuando el reloj marca las doce, el Niño Jesús finalmente es colocado en el pesebre. Algunos rezan, otros se persignan, otros guardan silencio. Afuera, los fuegos artificiales iluminan el cielo. Adentro, los abrazos dicen más que las palabras.
Es un momento breve, pero especial. Por unos segundos, el país entero parece detenerse.
* * *
La Navidad peruana no es perfecta ni silenciosa. Es ruidosa, diversa, contradictoria. Pero es auténtica. Nace de la fe popular, de la memoria familiar y de la necesidad de creer que, incluso en medio de las dificultades, la esperanza siempre vuelve a nacer.
Cada 24 de diciembre, el Perú repite el mismo gesto: prepara la mesa, arma el pesebre y espera. Porque, al final, la Navidad no es lo que se compra, sino lo que se comparte.