Santa Rosa de Lima y el día en que el Perú tuvo su primera santa

Revista Prende y Apaga
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En Lima, en el siglo XVII, surgió una historia de fe que marcaría no sólo a una ciudad, sino a todo un continente. Era una capital colonial herida por enfermedades, desigualdad y tensiones sociales bajo el dominio español; pero también una ciudad donde la esperanza se tejía en lo cotidiano. En medio de ese escenario nació Isabel Flores de Oliva, la niña que con el tiempo sería llamada Rosa y que se convertiría en Santa Rosa de Lima, la primera persona nacida en las Américas en ser canonizada por la Iglesia católica. 

El comienzo de una vocación inesperada

Isabel nació el 20 de abril de 1586 en Lima, en una familia que, aunque noble en origen, atravesaba dificultades económicas y sociales típicas de una colonia en crecimiento. Desde pequeña, su belleza era notoria y su madre la llamó “Rosa” por el color de sus mejillas. Pero esa belleza pronto sería redirigida hacia algo que nadie esperó: el amor a Dios. 

Mientras muchas jóvenes de su tiempo se preparaban para casarse y formar familias, Rosa sintió una llamada profunda a una vida consagrada. Hacia sus veinte años tomó la decisión de vivir como terciaria dominica, es decir, de consagrarse a Dios sin ingresar a un convento formal. Su madre se opuso, y para disuadir pretendientes y evitar el matrimonio, Rosa incluso dañó su propio aspecto, endureciendo su piel con pimientos y cortándose el cabello. 

Fue en 1606 cuando finalmente recibió el hábito dominico, adoptando el nombre de Rosa de Santa María. No vivió en un convento, sino en una pequeña celda construida en el jardín familiar, donde oraba, ayunaba y practicaba austeridades profundas. Rosa no buscaba la fama, sino la entrega total al Señor; vivía con un solo propósito: amar y consolar al más necesitado. 

Una vida de austeridad y servicio

La austeridad de Rosa era extrema. Dormía apenas unas horas, se privaba de alimentos y llevaba sobre su cabeza una pesada corona de plata, con pequeñas espinas en su interior, emulando la corona de espinas de Jesucristo. 

Rosa transformó parte de su hogar en un refugio para los pobres, enfermos y marginados. Atendía a los que nadie veía: indígenas, esclavos, ancianos desamparados. Vendía flores, bordados y encajes hechos por ella misma para sostener su obra de caridad. Su vida silenciosa, de oración profunda y servicio, poco a poco fue desatando un movimiento de admiración y respeto en la Lima colonial. 

Aun cuando algunos desconfiaban de su dedicación profunda, muchos reconocían en ella una rara mezcla de humildad y fuerza espiritual, de cercanía con Dios y compasión por el prójimo. 

La muerte que encendió una llama de fe

El 24 de agosto de 1617, a los 31 años, Rosa falleció en su ciudad natal, debilitada por los rigores de su vida penitencial. Su funeral fue multitudinario: autoridades civiles, clérigos y miles de limeños caminaron tras su ataúd, como un acto de expresión de amor y gratitud. 

La devoción hacia ella no claudicó con su muerte. Muy pronto comenzaron a atribuirse milagros e intercesiones a su nombre, incluidos casos de curaciones y protección ante peligros, como la tradición que le atribuye la salvación de Lima de un ataque de piratas holandeses en 1615 tras oraciones colectivas en su honor. 

Del corazón de Lima al altar de Roma

Menos de cincuenta años después de su muerte, el proceso para reconocer oficialmente su santidad ya estaba en marcha. En 1668 fue beatificada por el papa Clemente IX y en los años siguientes fue proclamada patrona de Lima, del Perú y del “Nuevo Mundo” —es decir, de las Américas— y también de Filipinas. 

Finalmente, el 12 de abril de 1671, el papa Clemente X la canonizó, convirtiéndola en la primera santa nacida en el continente americano aceptada oficialmente por la Iglesia católica. Su santidad unificó no solo a los creyentes limeños, sino a toda una región que veía en ella un puente entre fe, humildad y servicio. 

Patrona, protectora y memoria viva

Hoy, Santa Rosa de Lima sigue siendo la patrona espiritual de Perú, patrona de América Latina, Filipinas y de múltiples gremios como floristas, bordadoras y jardineros. Su festividad se recuerda cada 23 y 24 de agosto, días en los que peregrinos y fieles se congregan en la Basílica y Santuario de Santa Rosa, en el centro histórico de Lima, para rendirle homenaje y pedir su intercesión. 

Su imagen, que la presenta a menudo con una corona de rosas, sigue despertando devoción en millones de corazones. 

* * *

Santa Rosa de Lima no es solo la historia de una mujer ascética. Es la crónica de una ciudad y de un pueblo que aprendieron a encontrar santidad en la vida ordinaria, en el servicio callado, en el amor al prójimo. En un mundo que a menudo glorifica lo espectacular, su vida nos recuerda que la verdadera grandeza se cultiva en la humildad, la entrega y la compasión.

Y en el corazón de Lima, aún hoy, su memoria sigue floreciendo como una rosa eterna de fe.

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